POBRE
ENTIERRO...
El tañido lento pero acompasado
de la campana... Un tañer lastimero, un sonido cascado, un sonido
que invita al sobrecogimiento, a la compasión..., y después, el
redoble del tambor, un redoble lento, sordo, profundo, que vibra como
una caja de resonancia en nuestro pecho. Y a lo lejos, poco a poco,
con un ritmo lento, cadencioso, se acerca el Santo Entierro, solemne,
en silencio; silencio roto únicamente por el compás del tambor,
como un metrónomo, marcando los pasos a los costaleros, y la voz de
mando del cabo de varas...
Al verlo, me induce a pensar en
cómo sería aquél Santo Entierro. El de verdad. El entierro de un
proscrito, de un ajusticiado, al que debieron de esperar en la
oscuridad de la noche para descender del madero, al que entre las
sombras trasladaron al Sepulcro, sepulcro cedido por su amigo José,
y sin embargo... ¡qué gran repercusión tuvo para la Humanidad la
muerte del Hijo del Carpintero!
En esos pensamientos andaba,
cuando mi imaginación vuela y se desvanece como si de humo se
tratara, y a renglón seguido mi mente se sumerge en “otros
entierros” que se siguen produciendo en la actualidad, los
entierros de los pobres, los de tantos perseguidos por sus ideas,
condenados por defender sus derechos y dignidad, desfavorecidos,
mujeres, niños, víctimas de guerras y del hambre, y sobretodo del
egoísmo e hipocresía del resto de la humanidad. Siguen siendo como
Aquél, entierros modestos, que siguen realizándose en la oscuridad,
la oscuridad de la verdad...
De nuevo, el sonido del tambor me
devuelve a la procesión que desfila ante mí, ha pasado de largo el
Santo Sepulcro, y me lamento por aquellos otros entierros que no
tienen “un redoble de tambor” para que todos podamos escucharlos
y hacerlos visibles...